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Third millenium equipoise Epilogue

Spanish

. EPÍLOGO
(Extracto de El Imperativo de la Supervivencia, monografía inédita del autor, Octubre de 1980).
Sentado en el jardín con mi hijito, hablamos de plantar un árbol en el patio. El quiere que plantemos una jacarandá. Ha admirado esos árboles en otra parte y le gusta ver los ramilletes malva del árbol en flor. Yo quiero plantar un higuerón. Es de lento crecimiento pero de larga vida y atrae gran número de aves. Es el árbol bajo el cual Buda alcanzó su ilustración y es todavía venerado por la gente. El pueblo respeta ese árbol hasta cuando hay escasez de leña en esta región propensa a la sequía. Hay mucha pobreza por aquí. Veo mujeres y niños recolectando ramas secas durante el día, para cocinar su cena en sus ranchos de barro. Trato de explicar eso a mi hijo. Me escucha con paciencia, pero no parece comprender. Nota que estoy pensativo y quiere saber en qué pienso. ¿Qué le podría decir? ¿Que repentinamente me siento lleno de dudas? ¿Puedo realmente trazar planes a tan largo plazo? ¿Habrá alguien por aquí para disfrutar de la sombra del higuerón y escuchar el trino de los pájaros cuando el árbol haya crecido? Ya no estoy seguro. Envidio la brumosa antigüedad de mis antepasados. Cada generación sucesiva habrá tenido su cuota de alegrías y tristezas. Deben haber enfrentado problemas de toda clase, pero no pudieron tener dudas como las mías. Los frutos de su trabajo serían disfrutados por sus hijos y por los hijos de sus hijos. Sus obras serían alabadas durante generaciones enteras. Alguien, en algún sitio, evitaría que se extinguiera el fuego en los hogares. ¿Puedo transmitir esa certeza a mi pequeño hijo, quien ahora me mira con admiración que, en lugar de alegrar mi corazón, lo entristece? . * *
Veo un colibrí color púrpura posarse sobre un endeble tallo. Su plumaje brilla bajo el sol. Mariposas y libélulas vuelan en el aire fragante. Medito sobre las miríadas de especies que comparten con el hombre el planeta. Pienso en cuantas de ellas habremos exterminado cuando desaparezcamos.
¿Nos hemos arrogado el derecho a ser árbitros de su suerte, o simplemente ya no nos importa? La percepción se extiende a los billones o trillones de criaturas que han evolucionado lentamente a lo largo de millardos de años. ¿Cuanto tiempo nos tomará eliminar a la mayoría? * * *
Un perro mostrenco entra al jardín. Mi hijo y yo recojemos una piedra cada uno. Es una acción refleja e innata. Mi brazo se detiene en el aire. El niño completa el movimiento. Su puntería hace blanco y el animal aúlla de dolor y huye. He visto ese perro antes. Mis perros ladran furiosamente cuando él invade nuestra propiedad. Ellos están bien alimentados y ni siquiera olerían algo que no les gustara, pero el perro callejero busca sobras en los potes de basura, cualquier cosa que pueda comer. Y sus prójimos caninos le disputarían lo que encontrara.
Creo que en las mismas circunstancias, yo también lo haría. Me pregunto cómo puede sobrevivir ese animal, perseguido todo el día.
¿Y qué de los mostrencos o expósitos de nuestra sociedad? ¿Cuantos millones -o miles de millones- son ellos? Es preocupante, pero cuando uno de ellos invade mi círculo de luz y calor, mi reacción instintiva se manifiesta en otro plano. ¿Es que me siento amenazado?
¿O que su presencia causa dudas que preferiría mantener en el olvido?
¿Cómo adquirí la capacidad para pensar? ¿Por qué siento esas dudas, si felicidad y satisfacción es todo lo que busco? Si poseo todos los ingredientes que pueden procurármelas, ¿no estaría mejor sin una inteligencia que se empeña en extraviarme en laberintos espirituales?
Por otra parte, la proposición inversa es más cierta: A menor inteligencia, es mayor el grado de placer que causa la satisfacción de las necesidades básicas. Una vaca parece dichosa mientras rumia su bolo. Un constante rumiar perpetuaría su arrobamiento. Un campesino sencillo, iletrado, que ara su tierra, está satisfecho cuando la lluvia llega a tiempo y tiene una comida completa al fin de la jornada. En ambas categorías habría satisfacción con lo simplemente bueno. Entonces, ¿quien perturba la armonía natural de la existencia?
No puede ser resultado de un simple instinto agresivo. El tigre acecha su presa solo cuando tiene hambre. Una vez calmada el hambre y saciada la sed en el arroyo, el animal
dormirá plácidamente a la sombra. Hasta que el hambre lo impulse de nuevo, el animal estará en paz consigo y con el ambiente. No perturbará la tranquilidad de la selva.
El leñador vivía en el bosque. La carga de leña que vendía en la ciudad cubría las necesidades de la familia. No había otras necesidades, estaban a tono con el ritmo de la foresta. Entonces, ¿por qué hay necesidad de destruír el bosque?
En las primeras etapas de su evolución, el hombre trató primero de comprender el ambiente en que vivía, luego trató de vivir en armonía con su ambiente y, finalmente trató de dominarlo. Esta última es la etapa en que vivimos actualmente: la era del dominio.
El dominio se puede ejercer mediante un proceso grosero: la destrucción, o mediante la utilización, un modo sutil de aprovechamiento. El impulso hacia la dominación perturba el equilibrio y crea un fermento que libera fuerzas físicas que culminan en tremendas explosiones de energía.
Paralelamente, se generan fuerzas mentales que, en un plano superior se mantienen sutiles pero que en planos inferiores se manifiestan como procesos groseros. En los niveles intelectuales la lucha entre lo grosero y lo sutil, determina el camino que debe seguir la humanidad. En el nivel sutil, aplicable al individuo, el alivio de las necesidades básicas no necesariamente conduce a la satisfacción.
La realización de que la satisfación de las necesidades básicas no puede ser el fin que realmente buscamos, impele al hombre a mirar más allá: dentro de sí mismo (el microcosmo), y también fuera de sí (el macrocosmo). Ese es el impulso hacia la excelencia que reside en todo hombre. Es la condición que puede convertir al hombre en superhombre. * * *
Durante el vigésimo siglo de la era cristiana, en la décimo quinta centuria del nacimiento de la era mahometana, durante la quinta o sexta centuria de otras eras que pretendieron definir el significado de nuestra existencia, la humanidad se encuentra en una encrucijada. Es la primera vez que nuestra raza se vé ante la necesidad de tomar una decisión consciente:
Cumplir con nuestro destino, que nos llevará
más allá de las estrellas, para conocer el Universo,
O volver atrás para hundirnos en el olvido, sin
comienzo ni fín. * * *
Se acerca la hora del alba. En este sereno lugar que aún está impregnado de pasado, puedo oír el tintineo de los cencerros de regreso al corral. Se oye a distancia el mugido de un becerro extraviado. Veo a mi hijo salir a la carrera por el portón. ¿Debo seguirlo, o dejarlo que regrese por sí mismo? Me preocupo porque los tiempos han cambiado. Hay tendencias perversas de las que tengo noticias aún en mi lejanía. ¡Cuanta maldad penetra en el alma humana que, hasta en este oásis de paz, me hace sentir inquietud!
La violencia y la inquietud aumentan en todo el mundo. Donde quiera que miremos la encontraremos, del Norte al Sur y del Este al Oeste. Suicidios, homicidios, genocidio, violaciones, robos, saqueos, desórdenes urbanos y rurales, descontento popular... Entre los grupos pudientes y entre los marginados. Son llamados problemas de órden y Ley. La juventud está alborotada...
Nos negamos a reconocerlo por lo que es: Incertidumbre. Una incertidumbre que hace que todo lo que intentemos sea inútil frente a un temor acechante, constante, de que todo lo que hagamos pueda convertirse en humo en breves momentos de cataclismo. Que ¿cómo se puede esperar comportamiento racional cuando se vive en el ambiente más irracional? * * *
Eliminemos la irracionalidad y veremos como el bálsamo fluirá para tranquilizar los destrozados nervios de una generación desesperanzada. * * *
No sé si hay otra vida más allá. No se si lo que llamamos el atman -el alma muere al morir nosotros. No sé si la experiencia mística de la iluminación es simplemente una percepción en un plano diferente, o si es realmente una realización del Infinito. Hay muchas cosas que no conozco.
Lo que sé es que soy parte de la humanidad y de que, mientras haya un ser humano respirando, hasta ahora o hasta dentro de billones de años, no puedo realmente morir. Porque somos parte de la fuerza de la vida. Somos la continuación, antes y después.
Por medio de un extraño proceso heredamos una calidad, un pensamiento, una memoria racial de nuestros más lejanos antecesores. Es posible que estemos, subconscientemente, siendo influídos por una huella impresa hace un millón de años en las arenas del tiempo y, a la vez, estemos legando un gen que, tras complejas mutaciones, será la llave que abrirá alguna puerta dentro de millones de años. * * *
No sé si existe un Dios. Al igual que la mayoría de mis prójimos, desesperadamente tengo la esperanza de que haya uno. En cierto modo esa esperanza me libra de alguna responsabilidad por mis acciones -o por mi falta de acción.
¿Acaso no esperamos todos, desde lo más profundo de nuestros corazones, que alguien nos guíe antes de que sea demasiado tarde? ¿Y, qué pasará si no hay nadie que pueda hacerlo? ¿O, si habiendo Alguien, Él prefiere dejar que nosotros mismos tomemos las decisiones? ¿Estará el hombre a la altura de esa confianza? ¿O los cuatro o cinco billones de "hombrecitos" continuaremos marchando hacia un obscuro destino?

F I N Extracted from book, Equilibrio en el Tercer Milenio (English title Third Millennium Equipoise). The book can be ordered through the autor at: vsaighal@vsnl.com

NOTE:
Vinod Saighal, maggiore generale (in congedo) dell’Esercito Indiano, direttore esecutivo della Eco Monitors Society e membro del Comitato Scientifico di "Geopolitica".

 

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